//Por Damasia Patiño Mayer
*ATENCIÓN: Este texto incluye spoilers de la serie de Envidiosa.
Terminé de ver Envidiosa y el final de la segunda temporada me dejó con una incógnita muy interesante: ¿Qué pasa cuando conseguís lo que querés?
A lo largo de toda la serie vemos como Vicky va analizando junto a su terapeuta todos sus deseos incumplidos. Esos deseos tienen la cualidad de ser aparentemente iguales para todas y al cumplirse dan entidad a eso que llamamos “ser exitosa” en la vida, es decir, el marido, la casa, los hijos.
Llama la atención como la profesión no entra en este combo, es que en realidad si tu marido tiene suficiente plata y te podés dar el lujo de no preocuparte por eso entonces todavía se podría decir que estás triunfando (para esto es condición sine qua non el hecho de tener hijos porque sino sí te transformás en una mantenida inútil).
Vicky “hace todo bien” y “va para adelante” y así es como podemos ver que poco a poco va cumpliendo esos deseos que le eran negados. Su ex, que nunca se animó a pedirle matrimonio porque en el fondo sentía que ella no lo amaba, termina jugándose todo y arrodillándose en la vereda con un anillo de diamantes en la mano. Ante esto Vicky dice que sí porque, aunque hay otro deseo, quizás más genuino, que le indica a Matías, sabe que el camino al éxito es más corto y seguro aceptando la oferta del abogado que se viste como un abuelo.
Porque en el fondo, esos deseos que son iguales para todos tienen otro nombre, se llaman mandatos. Cuando uno les dice así pierden un poco el brillo y creo que también se pierde un poco esa sensación de bienestar que puede producir estar cumpliendo con lo que la sociedad espera de vos. ¡Felicitaciones! ¡Estás de novia! (Reemplazar por vas a tener un bebé, te compraste un auto, la casa, vas a ser abuela). Gané en el juego de la vida.
Está claro que ni mi análisis de Envidiosa es original, ni tampoco son revolucionarios los cuestionamientos de la serie. Es un poco el discurso dominante entre las clases privilegiadas esto de cuestionarse los mandatos. Es fácil notarlo cuando tu algoritmo entiende que no vas a tener hijos y empieza a bombardearte con contenido de mujeres felices sin hijos, estadísticas sobre mayor longevidad, memes sobre cómo los hijos lo arruinan todo. Del lado de enfrente tenemos un contraataque de machos alfa diciendo que esta generación de mujeres va a terminar vacía y triste emborrachándose en su soledad rodeadas de gatos. La mayoría de los medios tradicionales también sigue reproduciendo esa noción, basta con recordar cuando Beatriz Sarlo murió “sola” rodeada de sus amigos, porque no había tenido hijos.
Los millenials tienen menos hijos, sobre todo en las ciudades y más aún en las ciudades del primer mundo. No debería sorprendernos, somos la generación del culto a la identidad (lease al ego) que ve su propia destrucción en el momento en que tenés un hijo y, como dicen todos, pasa a ser más importante en tu vida que vos misma. Además nos críamos viendo Disney: nuestras heroínas encontraban a su príncipe azul y “vivían felices para siempre”. Los hijos no parecían entrar en la fórmula y para quienes por ejemplo somos hijas menores y nunca vimos a nuestras madres con un bebé propio, realmente no hubo una bajada de línea sobre el milagro de la maternidad.
No quiero con esto sumarme a los bros que se lamentan de que las mujeres de ahora ya no son lo que eran, pero sí creo que a su vez existe un peligro de dejarse llevar por un supuesto ideal de ser libre para hacer lo que quiero sin limitaciones. En pocas palabras podés tener hijos y sentirte insatisfecha o no tenerlos y sentirte insatisfecha.
Qué pasa entonces cuando una mujer de nuestra generación encuentra al príncipe azul. ¿Eso alcanza? Al final de la temporada dos Matías vuelve por décima vez e ignorando todas las red flags del personaje de Victoria. Ella cae justo afuera del rango de millenial, pero yo no creo que sea por eso que ella pone esa cara cuando la terapeuta le dice: Ahora tenés lo que querés. Es que creo que cumplir con los mandatos puede producir cierto placer en el proceso, recibiendo los halagos y las sonrisas, pero realmente es ahí donde se encuentra el vacío, sentada con toda la lista tachada porque hiciste todo bien.
Creo que en este sentido es interesante leer a la militante feminista afroamericana Audre Lorde que habla de recuperar el erotismo. A veces es difícil distinguir nuestros deseos de los mandatos sociales, pero sí podemos detectar ese placer en ciertas cosas. Puede ser escribir, cantar, meterse al mar, visitar una ciudad nueva, todas tenemos esas cosas que nos producen placer erótico. O mismo encontrarse sexualmente una misma, con otros u otras. Me parece que una vida verdaderamente vacía es una vida sin erotismo.
Si pensamos así quizás nos liberemos un poco de los planes, las expectativas y empecemos a disfrutar un poco más de los procesos. Buscar esos placeres, recuperarlos, proclamarlos como propios y en ese movimiento tal vez podamos llenar un poco el vacío mientras construímos vidas únicas, como objetos artesanales tallados a mano contra la producción industrial de vidas insatisfechas.