El año empezó tranqui por estos latitudes. Es joda. Sumado al brutal secuestro de nuestro filodictador favorito (?), en la Argentina la investigadora en Comunicación (¡la cité en la bitácora que acompañaba este mismo blog!) Eugenia Mitchelstein arrojó esto en Twitter/X:
Después se sumó la poeta y militante Marina Mariasch (que la adoro) que sumó lo siguiente:
Luego también se sumó la escritora Dolores Gil:
I could help but wonder … is this the final war of the sexes?
Entonces, le pregunté a Euge Mitchelstein qué onda acerca de escribir non fiction y sí se colaba la perspectiva de género y me dijo lo siguiente:
«Creo que hay una mirada sobre los fenómenos que estudio y sobre lo que escribo que tiene que ver, entre otras cosas, con que soy mujer. Respecto a la escritura académica, primero tengo una preocupación por citar mujeres, entrevistar mujeres, aunque el tema no sea de género. Siento que estar atentas a la perspectiva femenina (como estar atentas a otras perspectivas también) suma calidad al trabajo.
Por ejemplo, ahora con una colega, Brenda Focás, estamos haciendo un trabajo sobre percepción y festión algorítmica y el género es una de las variables que da forma a cómo entendemos y qué hacemos con los múltiples algoritmos con los que nos encontramos. Además, publiqué algunos trabajos sobre periodismo y género«.
Mariasch se desquitó en X con las siguientes reflexiones, de extrema pertinencia: El yo es un dispositivo, un pronombre intercambiable, comodín. Es una operación de escritura. Leer pensando en la vida del autor me resulta indiferente. El texto puede ser bueno o malo amén del pronombre personal. Ya lo dijeron Pezzoni («no crean que el yo es yo en literatura»), Goethe («Todo lo que escribo es verdad, pero nada sucedió como lo escribo») y tantos otros. Recomiendo «¿Se escucha?» de Tamara Kamenszain en Libros chiquitos.
Y luego, después escuchar y leer a tanto mujer poderosa, decidí ir por el daddy de la literatura argentina contempóranea, Martín Sivak.
El salto de papá es un librazo, y encima se ve que fueron vecinxs con mi vieja en Vicente López, entonces siempre estuvo cerca de mi corazón. Ni hablar de que escribió uno de los libros más importantes sobre Clarín y bueno, además de ser a total hearthrob. Me dijo lo siguiente, ante la pregunta sobre si La llorería y El salto de papá eran literatura de yo:
«No. Por las cosas que yo estudié más formalmente, que fueron sociología, historia y por mi oficio de tantos años de de periodista, en general soy bastante cauteloso en hablar de géneros, primero porque nada, es un poco intuitivo y es un poco son las definiciones que ven los suplementos literarios cuando escucho a especialistas o los que saben y no quisiera como desarrollar como una especie de idea de género sobre lo que yo escribo porque más que pensarlo en términos de género fueron más libros de intuición que de género.
En el caso de El salto de papá es es una memoria dentro de un subgénero, insisto, si es que existe ese subgénero que son los libros de padres e hijos.
Para mí eso ese sí es un subgénero que quizás no esté como formalizado como tal, pero para mí fue muy decisivo encontrar esta biblioteca de tantos libros de escritores hombres escriben sobre sus padres. Si yo no hubiese leído en la primera tanda de 10 o 15 libros que leí sobre eso, seguramente no hubiese empezado a escribir El salto de papá y después de terminar El salto, o sea, y en el mientras tanto seguí leyendo. De hecho tengo como una parte en mi biblioteca que es solamente el libro sobre eso. Entonces es un libro de no ficción, es una memoria de padre e hijo.
Eh, para mí si tuviese que poner como un paraguas amplio es un libro de no ficción y es una memoria. En el caso de la llorería sí hay autoficción.
Eh, nunca había hecho autoficción y hay ahí también una eh no no quiero usar como palabras pretenciosas (n. de r: lo hará), por supuesto, hay como una yuxtaposición, hay una híbridez, hay una combinación, hay algo de memoria, hay algo de crónica, hay algo de perfil, hay algo de autoficción, hay algo de noficción.
Digamos, para mí fue un libro bastante distinto por eso. O sea, los primeros ocho libros yo escribí sobre la vida de los otros. En el caso de Clarín era la vida de de un diario eh y El salto de papá y en La llorería hay un registro más más personal, más íntimo. Mucho más difícil de escribir y más difícil de publicar porque implica hablar en público sobre temas que me resultan incómodos y aún así lo lo publiqué (no lo no lo digo como jactancia), sino por nada, cuando tenés el impulso de escribir siempre fue por cosas que me importaban o me importaron mucho y y bueno, y ambos libros cumplieron con ese requisito».
The jury is still out.