En cualquier momento me pone una perimetral, pero bueno, es muy satisfactorio escribir sobre los pasiones de una.
Cristina, a lo largo de su larga vida política, ha dado una y otra vez muestras de su grandeza e inmensidad. También se ha equivocado pero como esta nota no va hacia eso, se lo vamos a dejar pasar. Principalmente esta nota/ declaración de principios es escribir de cómo habilitó que soñaramos con ser presidentas.
La verdad que no tuve mucha opción afectiva de no ser peronista. Ojo que escribía afectiva y no efectiva. Tenía 21 cuando murió Néstor, era el papá de una amiga, y ahí en más nunca estuve lejana al peronismo. Imposible estarlo. Pero la que siempre me fascinó era ella.
Mis incursiones en la militancia siempre fueron más bien superestructurales. Primero por ser amiga de quién hoy en día sigo siendo amiga, después por mis noviazgo, tercero por vivir en una de las tierras más gorilas del Conurbano, cuarto porque realmente conozco a mucha gente. En un momento pensé que quería dedicar mi vida a la escritura (soy realmente buena) y que sería a lo sumo equipo de Comunicación de un* candidat* pero por suerte, tengo la edad que tengo y el devenir de mi carrera profesional me llevó a estar haciendo una maestría en Políticas Públicas.

Yo sé que todo el mundo que me sigue sabe que tengo una enfermedad crónica. Y a veces basta con encontrar un tema transversal, cotidiano y especial como son todos los temas, para tomar relevancia y construir una carrera a partir de eso. Por eso el gesto de desenfado de CFK es tan enorme: nosotras podemos ser presidentas, si convencemos al PJ y a nuestros conciudadanos de que nos voten. Sí, obvio que va a ser más difícil porque somos mujeres pero bueno, los hombre nos dedicarán un par y nos tendrán miedo cuando hablemos en público. Y a veces en privado.
Por eso lo mejor que me ha dado CFK es una mirada, una posición, una postura ante la vida y sus inevitables: «tengo la obligación de ser optimista porque soy una militante política». Yo también, Cristina, yo también.