Pensar en la muerte de Lu es pensar en mi muerte. No sé cómo sortear ese descalabro. Supongo que soy la única amiga de Luci a la que le pasa, porque también soy la única con la que escribimos un libro sobre la enfermedad. Me gusta que ella haya tenido otras lenguajes a disposición para tramitar lo que le pasaba. Ella realmente era dramaturga. A mí el teatro siempre me aburrió, como medio todo lo audiovisual. Solo le puedo prestar la cantidad de atención necesaria para terminar de ver una película, serie, documental y todo lo que sea ese formato por un tiempo limitado. Es la primera obra de Lu a la que voy que no es un monólogo y agradezco el cambio de situación aunque sea porque se imaginó su funeral.
Mica, Jose y Estefi (sé que es un homenaje oculto) se juntan en Bragado a participar de un homenaje a su amiga difunta y no llegan nunca porque la cuelgan recordando, peleándose, quieriendose levantar al primo de Mica (el único hombre en escena, el que hace el asado), leyendo un poema de Lu, digo, de Sofía. La madre de Jose les avisa que se terminó el homenaje -le iban a poner a una calle el nombre de <Sofía Lambert>- y es en ese momento de la obra que se dicen las palabras que más se parecen a Lucila, que era muy perrera, aparece la idea de dejar unos choripancitos debajo de la señaléctica y que vayan frecuentemente a dejar agua y carne para que sea realmente el paraíso de los perros.
Yo lloré los últimos 20 minutos de la obra y agradecí estar sola. Me invitaron a un choripancito al finalizar la obra, comí, y me fui caminando hasta el subte en Castro Barros, bastante derrotada. Promediando la línea D me di cuenta que, tal como las protagonistas, yo sigo viva y tengo cosas que hacer, gente que seducir, bibliotecas que ordenar.
Mi copia de <Efectos personales> probablemente nunca vuelva a mis bibliotecas, como tantas cosas de Lucila que compartimos y que se fueron con ella. Por suerte, por fortuna, porque fue tan excepcional ella que aún hoy le escribo, queda su estela flotando en el aire.