¿QUÉ FORMAS DE EMANCIPACIÓN NOS ESTAMOS PROPONIENDO?

Acabo de leer una nota de un blog algo que sigo hace añares cuya premisa principal era <no me caso porque así tengo más libertad> (son yanquis, igual) y me quedé pensando en lo insidioso que es ese tipo de pensamiento que viene literalmente del norte y que acá las feministas de internetTM se quejan de que se haya puesto de moda el Dios, patria y familia y me parece que le están errando al tiro.

La nota es de Jezebel y cuenta que Keri Russell, que lleva trece años en pareja con Matthew Rhys, se conocen hace casi veinticinco y tienen hijos, dijo en el podcast de Chelsea Handler que casarse le parece “antiquated”. Lo curioso es el argumento. Explica que antes una mujer necesitaba un marido para tener una tarjeta de crédito, que ahora la tiene sola y que no necesita que su apellido desaparezca. Es decir que el matrimonio se descarta como un trámite que dejó de servir, igual que se da de baja un servicio cuando aparece uno mejor. Lo que queda, dice, es que hay hijos y eso es para siempre, o sea que el compromiso existe, pero no hace falta nombrarlo ni que nadie lo firme ni que nadie lo vea. Ni hablar de que eso ANTE EL ESTADO NO EXISTE. Y acá, como saben, bancamos al Estado.

Lo que me inquieta es la idea de libertad que sostiene todo eso. Es una libertad que se define por lo que uno no debe a nadie: no tener que cambiar de apellido, no depender de un crédito ajeno, no quedar atado a un papel. Es la libertad negativa de siempre, la del que se mide por cuántas puertas de salida tiene abiertas, y es muy cómoda para quien tiene con qué pagarse la independencia. Keri Russell puede prescindir del marido porque tiene la fama, el dinero y una carrera que la sostienen. La mayoría de las mujeres que escuchan ese podcast, y no digamos las de acá, no tienen tantas puertas, y lo que se les ofrece como emancipación se parece bastante a la intemperie.

Ahí es donde creo que las feministas de internetTM erran. Se escandalizan porque el Dios, patria y familia vuelve como moda, como si fuera un virus que llegó de afuera, y no se preguntan qué vacío está ocupando. Esa consigna, por reaccionaria que sea ¡que lo es!, le ofrece a mucha gente algo que el discurso de la autonomía no sabe ofrecer, que es pertenecer, que alguien se haga cargo, que haya un nosotros que no se disuelva ante la primera incomodidad. Mientras la única respuesta posible sea celebrar el <más libertad> de las que no se casan, la derecha va a seguir ganando la conversación sobre el lazo, porque el lazo es justo lo que la otra vereda dejó de saber defender.

Por ejemplo, ayer en mi comisión de pronto apareció la cuestión de que Enzo Fernández y Valentina Cervantes no están casados. ¡Me parece un despropósito! ¿Qué le va a quedar a VC?¿Hacer un juicio a lo Cami Mayans (que es rídiculo)?

Quizás el problema nunca fue casarse o no casarse, sino que a las dos orillas se les quedó la misma lengua: una que habla de libertad como quien habla de desprenderse, y otra que habla de familia como quien habla de obediencia. Entre el que se va sin deber nada y el que se queda sin poder irse, falta una palabra para los que querríamos quedarnos porque elegimos hacerlo.

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