He notado ciertas cosas en relación a la fantasía y los chabones. Veremos si se genera alguna teoría.
Ayer me encontré en misa con una amiga y luego nos fuimos a almorzar (shout-out a la Vicente López) y me compartió una reflexión delirante y muy divertida acerca de los hombres: podés estar hablando dos meses todos los putos días que llega la propuesta de verse y se excusan invocando las más variadas excusas. ¿No le gustás? o como decía esa película yanquí he’s just not that into you? Quizás, pero creemos que pasa algo más insidioso aquí: se hacen la paja con tus fotos y eso les basta.
Yo agregué, porque era la escorpiana de esa conversación, que a nosotras no nos basta porque nos gusta que nos penetren.
Le pregunté a Iván Chauvosky y me contestó lo siguiente:
Yo hacía un chiste hace un tiempo, a mí misma, que era como: no sé por qué buscan coger en Tinder, a mí con hacer match me alcanza. ¿A qué me refiero? Que a veces el hombre con saber que puede, ya está. Satisface esa fantasía. Obviamente, si se la quiere coger, va a cualquier horario, contesta, hace cualquier cosa el hombre —somos unos nerds mentales, los hombres. Por un lado estaría ese, el que se satisface ya con saber que puede.
Ahí hay dos regímenes de deseo bien distintos y el corte no es «les gustás o no les gustás» sino cuánto necesitan confirmar. El match ya es la prueba: alguien deseable te habilitó, y con eso el ego cobra lo que buscaba sin arriesgar nada más. Es una fantasía que se autoabastece, no necesita roce, necesita certificado. Y el otro régimen es el opuesto exacto: cuando sí quieren coger, ahí aparece la disponibilidad total, el mensaje a las tres de la mañana, la excusa que de repente desaparece. La vagancia no es constitucional, no es que no puedan: es que eligen no hacerlo cuando el deseo es de bajo compromiso. La energía siempre estuvo, se administra según cuánto vale la pena gastarla. Se arma así una escala completa: el match alcanza y ya, las fotos alcanzan y ya, y recién con el deseo genital entra el esfuerzo real. Cada escalón es fantasía cumpliéndose con menos cuerpo puesto en juego, y solo el último exige presencia. Casi como si el mínimo esfuerzo fuera la métrica exacta de cuánto te desean, no al revés.
Y por qué es analista, al final fue lapidario pero justo:
También a hoy día podemos pensar al hombre histérico, así como siempre se le adjudicó a las mujeres la histeria, a los hombres la obsesión. Me gusta también a veces pensar los hombres están más como las minas de ayer y algunas mujeres también como los hombres, ¿no? Como de que, bueno, quiero ir para adelante, dale, sin tanta vuelta.