LA ETERNA PREGUNTA POR CÓMO NOS NARRAMOS

En enero dejé abierta una pregunta con un “the jury is still out”: si la literatura del yo existe o es una etiqueta que el mercado les cuelga a las mujeres. Eugenia Mitchelstein notaba que cuando ellos escriben sobre sus padres, sus hijos o sus parejas es literatura, y cuando lo hacemos nosotras es literatura del yo. Dolores Gil lo resumía con más mala leche: ellos son valientes y profundos, nosotras narcisistas autocomplacientes. Marina Mariasch fue más lejos y dijo que el yo es un dispositivo, un pronombre intercambiable, una operación de escritura. Martín Sivak, por su parte, se bajó del problema hablando de memoria, no ficción y autoficción como quien elige la puerta de servicio.

Quiero proponer que el jurado ya tiene veredicto, y que lo dio hace décadas Ursula K. Le Guin en “Introducing Myself”. Ahí escribe que ella es el he genérico, como en “a writer knows which side his bread is buttered on”: ese escritor, él, soy yo. Y remata: “I am a man”. La frase es una trampa lingüística y una declaración de guerra a la vez. Si el escritor universal está conjugado en masculino, ella se lo apropia sin pedir permiso y sin dejar de ser mujer.

Pienso que eso es lo que pasa con la primera persona cuando la escribimos las mujeres. No es confesión, no es diario íntimo, no es el territorio chico al que nos mandan a hablar de lo nuestro. Es un yo más fluido, que se corre del género sin negarlo, que puede ser él, ella o cualquiera, porque la voz que narra nunca coincidió del todo con la que firma. Mariasch lo dijo en una línea: el texto es bueno o malo amén del pronombre personal. Si el yo es un comodín, la discusión sobre quién tiene derecho a usarlo como universal pierde su razón de ser.

Y entonces los temas universales, esos que se supone que son de ellos, la muerte, el padre, el amor, la enfermedad, el poder, el deseo, también los escribimos nosotras. Siempre los escribimos. Lo que faltaba no era el tema ni el yo, era que alguien dejara de preguntarnos por qué lo hacemos desde ahí. Considero también que yo, que siempre me he sentido más masculina recién me pude reconciliar con el hecho terrible de que era mujer una vez que empecé a coger. Ahí sí que nosotras la pasamos mejor. (HT a la brillante Contrapoints)

Caso cerrado, o por lo menos jurado disuelto: el yo no es de nadie y la literatura es de quien la escribe.

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