CUERPAS EN REVUELTA SOBERANA

// Por Laura Abeyá.

Paula nació con un clítoris más grande de lo normal. Así lo enuncia ella y es la primera en hablar —de pie y sin vueltas— frente a la ronda que se armó para tratar el Taller de Mujeres, relación con su cuerpo y políticas del cuerpo, en la Escuela N°747 de la ciudad de Trelew, Chubut.

Un cuerpo natural disidente, un cuerpo contrahegemónico. Tener un clítoris enorme es patológico. Porque el binarismo así lo enseñó: o nacés hombre o nacés mujer; y lo demás, es algo raro que hay que corregir. Hiperplasia suprarrenal congénita fue el diagnóstico que le dieron y a los cuatro años fue intervenida quirúrgicamente.

La cirugía no era imprescindible. Un clítoris hipertrofiado puede llegar a tener la apariencia de un pene y no necesariamente implica un riesgo de vida para la persona. Pero había que definir el sexo de Paula, quien hoy se auto-percibe como de género intersexual y propone que para el próximo Encuentro exista un taller sobre estas identidades.

Paula se emociona pero no se quiebra. Está parada desde el inicio y con su remera “Feminist” expresa: “Este es el cuerpo que conozco y al que he aprendido a amar. Pero a mí, en aquel momento, se me negó la posibilidad de elegir qué hacer con él”.

La Ley 26.529, Derechos del paciente, historia clínica y consentimiento informado, fue una de las más mencionadas durante el taller. Esta ley sostiene que todas las personas tienen el derecho a acceder a su historia clínica, a que se les informe en detalle cuál es su diagnóstico, cuál va a ser su tratamiento, cuáles son sus implicancias y -frente a esto- consentir o no.

Sin embargo, según el Código Civil y Comercial de la Nación, es recién a los 18 años que las personas tienen capacidad de comprender, discernir, y por lo tanto, tomar decisiones. Antes, ejercen sus derechos sus representantes (existe no obstante el concepto de capacidad progresiva).

Son casi las cuatro de la tarde y la cancha de básquet empieza a vibrar. El espacio es grande y eso permite que cada vez seamos más. En silencio nos aplaudimos, establecimos el lenguaje de señas para no interrumpir a los otros talleres que suceden cerca. “Aprovechemos para practicar el cuerpo. Hablemos fuerte, hagámonos escuchar”, proponen desde las gradas

Belén se levanta y se presenta. Hace un tiempo que decidió dejar los anticonceptivos después de haberlos tomado durante diez años. Lo hacía por indicación médica: es el tratamiento para la poliquistósis ovárica. Los síntomas pueden ser pelos en partes “masculinas” —por aumento de los niveles de andrógenos—, irregularidad del ciclo menstrual y aumento de peso .

“¿A alguien más le diagnosticaron eso?”, pregunta y varias manos tímidas se levantan. Una, más tarde, se animaría a hablar: “A los diecinueve años tomaba tres medicamentos a la vez. Me decían que si no hacía el tratamiento me iban a salir pelos en la panza. Y yo me preguntaba ¿por qué me tienen que medicar por eso?”.

Deslegitimar a la medicina no es una búsqueda de este texto; pero sí problematizar todas aquellas veces donde el sistema médico heteronormativo nos quita soberanía sobre nuestros cuerpos al interpretar la disidencia como una patología. Informarse y poder decidir sobre lo que queremos hacer es una forma de empoderamiento. “Hoy me estoy encontrando con mi propio cuerpo. Soy hermosa con mis pelos”, concluyó Belén que dejó la medicación.

Es el segundo día del Encuentro; ya no estamos en la cancha de básquet, nos dividimos por aula en distintas comisiones. Empezar a hablar no es algo que cueste en este taller; al cuerpo lo atraviesan muchos debates: capitalismo, sexualidad, aborto legal, roles y mandatos sociales, lenguaje, educación.  Es un espacio de catarsis pero también de encuentro y de puentes que se tejen.

Pato es una de las que más participó. Tiene el pelo negro, los ojos delineados y unas rastas largas que le llegan a la cintura. Tiene más de cuarenta años y hace cuatro meses que ya no menstrua. Entró en la “menopausia”, cuenta, un término que le molesta y la enoja. “¿Por qué no podemos decirle “plenipausia”? —propone— Vivimos en una sociedad que nos define por nuestra capacidad reproductiva. Y nos define desde el dolor. Yo quiero vivir desde el deseo”.

Cuando menstruamos por primera vez nos felicitan. Cuando dejamos de hacerlo, da la sensación de que ya no servimos más, porque es el fin de nuestra etapa reproductiva y pareciera que también es el fin del deseo.

Aprendimos a sentir vergüenza y asco por la menstruación, a decir “estoy indispuesta” (¿indispuesta para quién?). Crecimos en una sociedad donde las publicidades de toallitas femeninas nunca nos mostraron la sangre y los manuales de biología omitieron hablarnos del clítoris a pesar de la cantidad de páginas dedicadas al pene.

Conectarse con ese cuerpo del que nunca se habló, esa es también nuestra revolución. Estos son los cuerpos que existen, los nuestros. ¿Pero cómo los amamos en un sistema que constantemente nos hace odiarlos? Nos preguntamos y hablamos del amor propio; no en un sentido individualista y meritocrático de auto-amor sino como un amor feminista y por lo tanto colectivo, en el que podamos construir espejos más libres.

Nuestros cuerpos no son rentables; somos cuerpos políticos. Y es entendiendo nuestro cuerpo como trinchera que podemos ponernos en acción.

En la marcha lo sentimos: somos un cuerpo colectivo moviéndose a pasos firmes.

Porque sabemos que lo personal es político y que la conquista de derechos por una sociedad más igualitaria no se puede alcanzar si no es de manera colectiva.

Los feminismos vinieron a ocupar todos los espacios que el capitalismo y el patriarcado reducen y hasta poner sus cuerpos ante las balas de goma con las que buscan disciplinarnos. El feminismo vino para salvarnos.

 

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