BLITIRI, EL PERRO Y EL GATO

// Por Ezequiel Alvarez.

“…porque toda lengua humana tiene reglas y cada término significa ad placitum una cosa, según una ley que no varía, porque el hombre no puede llamar al perro una vez perro y otra gato, ni pronunciar sonidos a los que el acuerdo de las gentes no haya atribuido un sentido definido, como sucedería si alguien pronunciase la palabra <blitiri>”.

 

Umberto Eco, El Nombre de la Rosa

 

Es cierto, blitiri no significa nada. Perro sí, y gato también. Y si hoy dijéramos perro y mañana, para referirnos a lo mismo, dijéramos gato, quien nos estuviera escuchando no podría entender a qué nos estamos refiriendo, probablemente llegando a la conclusión de que se nos zafó un tornillo. Existe un vínculo que une a la palabra perro con la idea que nos hacemos de nuestro fiel amigo, que tan entusiasmado nos recibe cuando llegamos a casa, y si algo caracteriza a este vínculo es su arbitrariedad; es un vínculo inmotivado y, por ende, puramente convencional. Esta cualidad de ser puramente convencional pone el peso del entendimiento a la hora de comunicarnos en la tradición: las palabras ya estaban ahí cuando llegamos al mundo, y dado que no hay nada que necesariamente una a cada palabra con lo que ésta designa, es esta herencia de una época precedente lo que mantiene a través del tiempo las relaciones entre éstas y las ideas a las que hacen referencia. 

Esta relación entre arbitrariedad, convención y tiempo se encuentra en la base de una de las características que Ferdinand de Saussure, fundador de la lingüística moderna y quien sentó las bases de la semiología, otorga al signo lingüístico: su inmutabilidad. Las palabras nos son impuestas, no tenemos la posibilidad de elegir cuáles usar para darnos a entender cuando hablamos con otrx, y si queremos evocar en la mente de nuestro interlocutor el objeto con el que nos secamos la espalda después de bañarnos, mal que nos pese y aunque no nos guste, tendremos que utilizar la palabra “toalla”. Y esta imposibilidad de modificar los signos lingüísticos no aplica solamente a los individuos, sino que, citando a Saussure: “No sólo un individuo sería incapaz, si lo quisiera, de modificar en algo la elección ya hecha, sino que la misma masa no puede ejercer su soberanía sobre una sola palabra y está ligada a la lengua tal cual es”. Ni nosotros individualmente, ni la masa social en su conjunto, podemos introducir modificaciones a gusto y piaccere en esta estructura sumamente compleja que llamamos lenguaje.

Como experimento, imaginemos intentar introducir, voluntariamente y de forma motivada, alguna modificación en algún rito religioso como ser cambiar el orden en el que se leen determinados salmos durante la misa, o bien que el miembro del clero que está oficiando dicha misa utilice un jean y una chomba. ¿Parece ridículo, no? Esto es porque el peso de la tradición se manifiesta como una especie de resistencia a la modificación de las instituciones sociales frente a intentos de innovación. Si pensamos que, mientras que no todos somos católicos, todos utilizamos el lenguaje constantemente, podemos inferir, como de hecho lo hizo también Saussure, que el lenguaje es la institución que mayor resistencia va a generar a los intentos que se realicen por introducir modificaciones en ella.

Sin embargo, y aunque suene paradójico, existe otra característica que el bueno de Ferdinando asignó a los signos lingüísticos: su mutabilidad. Esta dicotomía, en apariencia contradictoria, en realidad no lo es sino que ambos hechos son solidarios: dado que el signo se continúa en el tiempo y que, por ser arbitrario el vínculo entre la palabra y la idea a la que refiere, nada une necesariamente a una con la otra, el propio uso del lenguaje va introduciendo modificaciones en el mismo. Así, tiempo y sociedad actúan en conjunto en el desplazamiento de estas relaciones. Pero a no confundirse, cualquier modificación que sea introducida en el lenguaje sigue sin responder a la voluntad ni de un individuo determinado ni de la masa hablante, sino que es una consecuencia de la continuidad del signo en el tiempo unida a la alteración que se da en su transcurso.

Toda esta cháchara sobre lenguaje, significantes y significados, tradición, tiempo, inmutabilidad y mutabilidad, sociedad, etc., trae a la mente un fenómeno reciente que, sin duda, genera un amplio abanico de reacciones: el lenguaje inclusivo. Si las modificaciones voluntarias en el lenguaje (ya sea por la complejidad del sistema lingüístico, por el carácter arbitrario del signo, por la resistencia de la inercia colectiva a toda modificación lingüística o por lo que sea) no son posibles, ¿qué pito toca (pun intended) el lenguaje inclusivo? Para empezar a intentar pensar esta cuestión veamos qué dice nuestro amigo, quien me autorizó personalmente a iniciar este soliloquio con su cita, Umberto Eco. Según Eco, arbitrario no quiere decir lo mismo que convencional: lo arbitrario es sólo lo pura y exclusivamente convencional, léase, lo inmotivado. Así, todos los signos lingüísticos son convencionales, pero no todos ellos son arbitrarios.

Poniendo al lenguaje inclusivo bajo esta lupa podríamos preguntarnos si, a pesar de ser indudablemente convencional, la utilización del masculino como genérico es realmente arbitraria o si, en cambio, responde no necesariamente a una motivación consciente en particular pero sí tal vez a una cristalización de un devenir histórico determinado. Volviendo a traer a colación a nuestro ya tan citado perro, al que le van a zumbar los oídos si seguimos hablando tanto de él (véase que digo “de él”), cuando utilicé la palabra perro al principio de este escrito en ella quedaron englobados todos los perros, tanto los machos como las hembras. Y esta utilización de las palabras de sexo masculino como palabras genéricas es algo muy común en nuestra lengua, lo que llevó a postular que, por ejemplo, cuando decimos todos para hablar de un grupo de gente mixto, tácitamente estamos invisibilizando a lxs integrantes del grupo que no sean varones. Y ahí hacen su aparición el @, la x o la e: para mostrar que no tod@s somos varones, que no todxs nos sentimos incluídos en esos significantes; que, en una de esas, no es algo tan arbitrario que nos quieran meter a todes en la palabra todos

¿A qué puede responder este uso del masculino como genérico? ¿De dónde salió? ¿Existió alguna motivación, explícita o implícita, que llevó a su utilización? Recientemente, en una nota que le realizaron para Página/12, Santiago Kalinowski, lingüista y lexicógrafo argentino, especula, creemos que con muchas más posibilidades de tener razón que de estar equivocado, que como cualquier otra invención de los seres humanos la lengua también está atravesada por nuestros prejuicios, por nuestras disputas de poder, por nuestra dinámica de organización social y por nuestras formas de dominación.

Así, más allá de no responder a una motivación consciente de ciertos actores, el uso del masculino como genérico viene a plasmar a nivel gramatical nuestro ordenamiento social patriarcal. Refiriéndose al uso del masculino como genérico, Kalinowski dice: “Se fue dando porque donde había un espacio había un hombre. Donde había un bien valioso, había un hombre controlándolo. […] Y ese proceso a lo largo de cientos de miles de años termina creando un masculino por defecto”. Pues bien, al parecer esta forma gramatical dista un buen trecho de ser algo arbitrario, algo puramente convencional, y sin embargo respondería, como tantísimas otras cosas, al bendito patriarcado. Poca cosa más lógica para los feminismos, que no saben de quedarse en el molde a la hora de buscar desnaturalizar hasta el último resquicio de todo lo que brilla bajo el sol, que meter el dedo en la llaga, mostrar también al lenguaje tal cual es y, cagándose en lo que creía ese muchacho Ferdinand de no sé qué cosa, buscar a través de la acción política modificar también el lenguaje por otro que no sea, al menos tanto, un reflejo de la dominación machista en la que se desarrolló, y todavía se desarrolla, nuestro andar como especie por este mundo.

¿Será esto realmente posible? ¿Podremos modificar a través de la militancia y la organización socio-política la estructura del lenguaje o los principios de inmutabilidad y mutabilidad de los signos lingüísticos estarán cincelados en piedra, dejando nuestras motivaciones durmiendo afuera? Según el ya citado Kalinowski, no, no sería posible. Él considera que lo que busca el lenguaje inclusivo no es modificar la estructura del lenguaje, sino que este es un “fenómeno retórico”; el lenguaje inclusivo no vino para cambiar la gramática, sino que sería la configuración discursiva de una lucha política.

Yo, en un rapto de honestidad, confieso no considerar que sé lo suficiente como para aventurar un juicio de este estilo. Sólo sé que los movimientos diacrónicos de cualquier tipo son, en su gran mayoría, impredecibles y que no veo por qué esto no debería mantenerse para las modificaciones que la lengua puede sufrir a través del tiempo. Sin ir más lejos, y permitiéndome pecar un cachito de autoreferencial, cuando arrancó esto del lenguaje inclusivo y estaba en alguna juntada con algún grupo mixto de personas en la que alguien decía, por ejemplo, “chiques”, me sonaba raro. No lo entendía, sentía una espinita dentro de mi cabeza que me gritaba: “NO SE DICE ASÍ, ESA PALABRA NO EXISTE”. Luego tal vez lo decía yo, pero enfatizándolo medio irónicamente, como marcando “miren, dije chiques”, pero diciéndolo al fin. Hoy puedo entender que esto se debía a esa famosa resistencia que la tradición genera a las innovaciones en instituciones que están tan arraigadas en nuestra cabeza como lo es el lenguaje y ya digo “chiques” como algo normal, y lo que es más importante todavía, la convención ya parece haber virado lo suficiente como para que el resto me entienda y no me mire con cara de que estoy diciendo gato cuando debería haber dicho perro. Ya sea una modificación estructural del lenguaje o un recurso retórico de la acción política, el lenguaje parece mostrarse un poco menos monolítico y nuestras intenciones parecen hacer mella en él al punto de que tal vez la próxima generación, que ya reciba estas palabras al llegar al mundo como nosotros recibimos las nuestras, lo tome como parte de su tradición y sea una herramienta más que interioricen con el objetivo de construir una sociedad mejor.

 

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