QUE EL TRABAJO NO SEA ALIENACIÓN

// Txt y fotografía por Ivana Salemi.

¿Existe una relación de género en el modelo de producción que plantea el capitalismo? ¿Es posible escapar a la organización (normativa) de los sexos planteada por el capitalismo que encima propone pagarnos un 27% menos que a nuestros compañeros? ¿Cómo nos vinculamos con los recursos que nos provee la madre tierra? ¿Es posible plantear la dicotomía necesidad/escasez de recursos de otra forma?

Unx puede sospechar la respuesta a estas preguntas. En las siguientes líneas comparto la experiencia de las artesanas de Red M.A.P.A. como ejemplo para ensayar respuestas que crucen al género con la economía haciendo foco en el trabajo entendido como relación social. Así como en la ciudad nos gusta pensar que el primer paro general a Macri se lo hicimos las mujeres, en la Patagonia se viene desarrollando hace más de 10 años la cadena de valor de fibras naturales protagonizada por mujeres. Criollas, rurales, mapuches y urbanas. Vale decir que experiencias como estas no son exclusivas de la Patagonia, existen también en otras regiones del país (¿quién no fue al Norte y se volvió con un sweater, unos guantes, un gorro multicolor?) y claro en el resto de América Latina.

La propuesta de estas mujeres es trabajar a partir del saber tradicional (es decir que se transmite inter-generacionalmente a través del registro oral o el witral en el caso de las mujeres mapuche) que ellas tienen sobre el procesamiento de fibras hasta transformarlas en lana o hilo. Aparece aquí una primera figura, la hilandera. Silenciosas, invisibilizadas a lo largo y ancho del país, detallistas y emprendedoras.

 La hilandera es la encargada de transformar el vellón (pelo animal) en fibra que eventualmente podrá ser tejida y transformarse en un poncho, una ruana, guantes, gorros, etc. Vale decir que la hilandera suele ser el eslabón más invisibilizado de la cadena, a la vez que es el más valioso por ser la poseedora del saber originario. Muchas de ellas viven en parajes rurales y viven de lo que producen en sus chacras a modo de agricultura familiar. Primer aspecto que nos interesa de este modelo de producción: vínculo de amor y respeto con la tierra. La filosofía (originaria, india) que exportó América Latina al resto del mundo – sobretodo en la primera década del movido siglo XXI- conocida como Sumak Kawsay  ó del buen vivir sostiene que las personas y comunidades toman de la tierra lo que necesitan para su supervivencia y no más, es decir, existe una relación armoniosa con la naturaleza que proviene de una cosmovisión holística del universo

La otra protagonista de esta historia es la tejedora. En algunos casos son maestras artesanas que tejen en diferentes técnicas . Muchas de ellas tiñen sus fibras con plantas y flores autóctonas generando una paleta de colores directamente vinculada con el territorio del que proviene. En otros casos son mujeres que se juntan a tejer como espacio de encuentro e intercambio con otras mujeres. Este es un segundo elemento que distingue la producción comunitaria de la producción capitalista individualizante: en el encuentro con otrxs aparece la semilla de la organización.

Witral Mapu, tejido en telar mapuche. El Witral es el código de escritura a través del cual las mujeres mapuche registraban.

Este tipo de experiencia es acompañada por otras mujeres profesionales que apuestan a fortalecer diferentes aspectos vinculados a la comercialización de los productos, al diseño, a la sistematización y visibilización de estas experiencias, a fortalecer institucionalmente a los grupos, etc.

¿El resultado? Que lo producido tenga una relación ética con el medio donde se produce. Que los tiempos de la producción sean de escala humana. Que el trabajo no sea sinónimo de alienación. Además este tipo de experiencias – construidas y ejecutadas por mujeres –  aportan a la conciencia colectiva entre lxs consumidores de la importancia de conocer la traza(bilidad) o trama de relaciones que vienen en cada una de las prendas o productos que compramos. La Red M.A.P.A. en particular promueve que el nombre de la artesana vaya en la etiqueta de cada prenda, así como el material y el lugar de origen.  La comercialización sigue siendo uno de los aspectos más intrincados para resolver. Sobretodo en este tipo de experiencias de economía social en donde el eje es la persona o las comunidades antes que la rentabilidad económica. Actualmente la fibra de animales autóctonos (guanaco, vicuña, llama) muy valorada en el mercado textil internacional se exporta en bruto (sin valor agregado, sin trabajo nacional) muchas veces de manera ilegal. El caso del guanaco es más grave aún porque es un animal protegido por normas nacionales e internacionales por ser originario de este territorio. Las normas del sistema capitalista hacen que sea más fácil comercializar producción de animal muerto, ilegal, sin valor agregado que al revés. Y si bien es necesario que este tipo de experiencias produzcan un excedente para las personas que las desarrollan, la ganancia en estos casos no es sólo material. Visibilizar técnicas, saberes, tradiciones de nuestrxs pueblxs originarixs y formas alternativas de producción y consumo de bienes es parte del patrimonio inmaterial que producen estas experiencias.   

 

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