LA HISTORIA ESTÁ VIVA

Por Ezequiel Álvarez.

La última semana de julio, en Mar del Plata, se llevaron a cabo las XIV Jornadas Nacionales de Historia de las Mujeres y el IX Congreso Iberoamericano de Estudios de Género eventos a los que tuve la suerte de asistir. La totalidad de las Jornadas y el Congreso se dieron en la Universidad Nacional de Mar del Plata, aunque dentro del marco de las mismas también se desarrolló una programación cultural fuera de la sede que incluyó proyecciones, intervenciones, obras de teatro y danza. Mujeres y hombres (en marcadísima minoría) de todo el país, así como también de Brasil, Chile, Colombia, México y España, entre otros, participamos durante estos cuatro días en mesas y ponencias sobre diversas temáticas que tuvieron a la perspectiva de género en estudios históricos y a los debates actuales del feminismo como núcleo y eje central. 

Ya desde un principio esta doble temporalidad, estudios históricos y debates actuales, se manifiesta significativa. Nadie podría dudar de que el presente es territorio de disputa: construimos como sociedad a medida que transitamos y en esa construcción entran en conflicto diversas visiones, representaciones y perspectivas, de las cuales el feminismo, o tal vez debería decir los feminismos, son tan sólo algunas. Sin embargo, no es tan evidente que el pasado, tantas veces considerado estático y acabado, también es susceptible de interpretaciones nuevas que le otorgan nuevos significados. Les cientistas sociales y los movimientos culturales de la actualidad vuelven los ojos hacia atrás y, llenos de presente, revuelven el pasado buscando visibilizar a les olvidades en los intersticios de un bloque blanco, eurocéntrico, patriarcal y clasista. Porque que no se malinterprete, lo que se busca es visibilizar a todes les marginades: mujeres, trans, pobres, negrxs, indixs, esclavxs. Este fue uno de los puntos en los que mayor énfasis se hizo a lo largo de la gran mayoría de las ponencias: la interseccionalidad, término acuñado por Kimberlé Crenshaw para definir experiencias de opresión o privilegio en base a la pertenencia a diversas categorías sociales (género, etnia, orientación sexual, clase social), como enfoque de estudio de las sociedades del pasado; qué representaciones se ponían en juego en esas sociedades a la hora de definir el género, la raza y la clase y, a partir de estas, qué roles se les otorgaban a cada une en las mismas. 

Así, desde estudios respecto a los imaginarios masculinos evidenciados en la construcción de la figura de las huríes ( las vírgenes prometidas al hombre bienaventurado) en la cosmovisión musulmana a una charla dada por enfermeras veteranas de la guerra de Malvinas, pasando por movimientos migratorios de mujeres negras en América Latina en el siglo XVII, procesos judiciales contra mujeres de clase alta acusadas de amancebamiento por vivir con sirvientes o representaciones sociales respecto a los roles de género plasmados en la vestimenta en la Argentina de la Revolución de Mayo, durante esos días reconstruímos otra parte de la historia, que es la misma y nuestra historia, a partir de desafiar arquetipos y concepciones ya calcificadas. Y no fue sólo reconstruir, sino también evidenciar las violencias, las opresiones, los sojuzgamientos y los controles a los que todas y cada una de estas disidencias han sido sometidas a lo largo de esto que llamamos “humanidad”, hasta llegar a nuestros intensos días de existencia. Se manifiesta necesario comprender por qué y desde cuándo lo público y lo privado toman la forma que toman, a qué se debe el control ejercido sobre los cuerpos, qué procesos dieron lugar a las concepciones morales actuales sobre familia, sexo y reproducción, cuándo, dónde y por qué nace la sexualización en la división del trabajo y cómo la administración de justicia funciona como una herramienta de control social para tener una imagen un poco más acabada respecto a las formas que toman en la actualidad las diversas opresiones a las que todes estamos, y de las que todes somos, sujetos. 

Más allá de los saberes académicos, históricos y sociales, transitar un evento como este me permitió repensar mi cotidianeidad: ¿de qué forma me manejo yo en relación a estos temas? ¿qué comentarios hacen mis amigos que evidencian discriminaciones y concepciones patriarcales y me quedo callado la boca? ¿cómo debería decir algo? ¿debería decir algo? ¿y en la calle, en el trabajo? Es un ejercicio constante de pulir un nuevo prisma a través del cual ver la realidad, y el evento de las Jornadas y el Congreso me proveyó de algunas herramientas más para alisar la superficie de ese prisma, que ahora, tal vez, me permita ver a más y verles mejor. Es esta micromilitancia constante de la modificación de las relaciones sociales la que, a mi criterio, llena de posibilidades nuestra vida cotidiana y le da un sentido acabado con el que todes nos podemos relacionar a esa hermosa consigna reivindicativa de que lo personal es político.

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